miércoles, 12 de marzo de 2008

La hija del carnicero de Vanessa Martínez por Augusto Rodríguez




Siempre he creído que la poesía peruana ha gozado y goza de buena salud. Y entre las voces más maduras de las poetas del hermano país vecino podría destacar a Carmen Ollé (Lima, 1947) y a Blanca Varela (Lima, 1926). Sobre todo sigo muy atentamente la obra poética de Varela con su tono sincero, áspero, punzante y duro. Menciono esto porque inevitablemente a leer la poesía de Vanessa Martínez (Lima, 1979) creo hallar algunas líneas en común, coordenadas o hasta temas comunes, pero sin duda, la obra poética de Martínez sigue y seguirá sus propios derroteros.

Leo y releo su ópera prima La hija del Carnicero (Editorial Zignos, Lima, 2007) y cada vez entro en peligro, ya que las palabras ensordecen, se quiebran, vuelan como insectos deformados por el constante trabajo de su autora por extirparlas y por tratar de que las palabras como pequeñas serpientes expulsen el veneno oscuro/ el cuchillo de su interior a nuestros ojos y oídos de lectores. La poesía de esta autora va directo al cuerpo, quita el aliento, no da tregua, se deposita en los párpados y se mantiene entre la locura y la rabia. Es un tipo de poesía desenfadada, que pretende no seguir el curso normal para adelante, según los indicadores; sino que le interesa ir en retroceso, volar, ir para los lados.

En La hija del Carnicero nos enfrentamos a un discurso inclinado al amor y a las dolorosas relaciones de parejas desde una total libertad. Su poesía es el espacio para la trasgresión, para la búsqueda de sentidos y de nuevas sensaciones. La mejor droga para experimentar en el delirio, en otras órbitas o en total desenfado:


Soy feo y me haré una amputación para ti

con frases para testamento,

donde tú, niña,

tendrás que percibirte agradecida

por toda esta magra carne

que huye en las tenebrosidades

de mondongos,

alcohol

y olor a ceviche sazonado

por hambrientos feligreses

entre

las piernas de las putas.



regresaré a casa todo macho pincho frío,

en mi taciturna ebriedad,

a darte las buenas noches.



qué cosa te queda:

querías el título

y, total, ahora eres la importante,

la freak del músico

y del Rock and Roll,

baby,

no te olvides

el puto Rock and Roll



También vale notar que la poeta escribe y bordea en el erotismo con grandes dosis y con una fuerza descomunal que vale seguirle la pista y no perder sus huellas. Aquí el poema que da título al libro La hija del Carnicero:



No he podido profesar,

la luminaria y el silencio cómodo

de habitar feliz

y emplacebada en este piso machihembrado a pata calata,

he caminado como ganadora del Nóbel,

directo a la cocina,

donde tantas veces te guisé besos y

pedazos de senos.



no he dejado de sonreír

y apoyándome tambaleante

he visualizado tu magnífica fisonomía,

he localizado con mi índice trotamundos

en este atlas de cuerpo moldeado por ti,

el ancladero donde quisquillan efervescentes insectos.



y justo allí donde hallo el vértigo de tu amor,

me he estacionado,

he abierto la gaveta

y me he clavado el cuchillo,

para no olvidarme de esto.


Muy bien aquí cabe una reflexión de la poeta chilena Paz Molina (Santiago, 1945) para hablar de la poesía de Martínez: “El poema, así resuelto, viviente como un ser, podrá entonces percibirse y olerse cual una fruta. Ofrecerá también una forma lisa y bien pulida; suave y fibrosa ha de ser su carne fragante. El verso ha de sostener su propio aliento en concisión y densidad. Los amores y las perdidas luchas deben habilitar en él con pasión ceñida. Y aún la suma de inefables maldades podrá asomar entre verso y verso su cabeza múltiple. Existe un pulso de la experiencia, un ritmo interno y audible que se hace grávido en ciertos momentos de lucidez reflexiva y expresiva. Estos dos constantes de la percepción deben fijarse y fundirse en el poema con la fuerza amorosa de lo generador de vida”.


Con estas palabras quiero tratar de globalizar la poética de Vanessa Martínez, como se puede observar y leer en su poesía, sus constantes son el desenfado y la movilidad. No sólo quiere que el poema signifique, sino que quiere que haga y deshaga, rompa, cristalice, se movilice entre los dedos/ojos del lector para ponerlo contra un paredón imaginario:



Una infanta disfrazada de realidad,

corre a través de paisajes etéreos,

tal vez porque es libre,

tal vez porque está huyendo.



Los juguetes

-eróticos fetiches-

la esperan en casa

para derrocharse

y pernoctar en su tiempo infantil,

que se alimenta

de un sueño perverso.



¿entonces

de qué se avivan los sueños,

de alguien que sueña con ser nada?



la realidad es ella

y

ella

no existe:



se reinventa.


No es fácil hablar de la poética de esta autora, porque ella nos da ciertas pautas comunes y de ahí nos da el delirio. Entre la realidad y lo que podemos apreciar a ras de piel es una cosa, lo otro está en forma subterránea. Su poesía entra por los ojos y como un virus imperceptible destruye desde adentro, nervio, carne, sangre, cerebro, hígado y hueso y expulsa su tan mencionado veneno/cuchillos para oscurecernos/desangrarnos la existencia y partirnos en varías partículas que por desgracia nunca tendrán un mismo fin.



Guayaquil, Ecuador, marzo 2008

2 comentarios:

Javier dijo...

muy buena presentación de tus poemas y de tu poética, tienes un estilo que me encanta.

un abrazo.

Pablo dijo...

...asi es muy bueno el estilo de tu poesia.